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lunes, 17 de octubre de 2016

No llores aunque te duela

La otra tarde viví una situación en mi barrio a la que llevo dándole vueltas varios días. Me he decidido a escribirla y compartirla con vosotros/as para conocer vuestra opinión y saber a cuántos os ha pasado o habéis vividos algo similar.
Estaba en la calle, sentada en un escalón de la escalera en una plaza, con mi niño, que jugaba con un grupo de amigos, cuando apareció una madre dande gritos: ¡Oyeeee! ¡Vamos!! Me sobresalté del susto porque no la había visto venir, me sonrió al darse cuenta y me dijo "Vengo a por mis hijos y tengo el coche mal aparcado en doble fila", y siguió gritando y metiendo prisa a sus niños para que corriesen tras ella. Iba muy acelerada.
El caso es que el niño mayor bajó las escaleras y se fue junto a ella, pero la niña, de unos 5 añitos más o menos, se quedó más rezagada. Mis ojos se fueron hacia sus pies, me llamó la atención que, aunque hacía frío, iba con sandalias. Y nada más bajar el primer escalón se torció un pie y se avalanzó sobre mí. La paré con mi mano pero no pude evitar que se clavara de rodillas.
La ayudé a levantarse y cuando miré hacia su madre ésta estaba a unos 30 metros. Seguía corriendo, de espaldas a nosotras, junto a su hijo mayor. La llamé: "¡Perdona, que te dejas a la niña!!"
Acompañé a la niñita hasta la mitad de plaza donde nos encontramos con su madre. Le dije que se había caído en las escaleras. La pequeña sollozaba. Se agachó, le cogió la cara y le dijo 
"No tienes que ponerte así. No tienes que llorar aunque te duela".
En ese momento, sentí una tremenda pena por esa niña. Sólo se me ocurrió ponerle mi mano sobre la cabeza un segundo. Me volví y me fui sin decir nada.


Tengo un conocido, que un dio me dijo que él nunca lloraba. No recordaba la última vez que había llorado, debió de ser de niño, y superaba ya los 40. No lloró ni cuando murieron sus padres. 
Yo no lo veo normal. Pero si tenemos en cuenta que cuando era pequeño, si lloraba por algo, su madre lo amenazaba para que dejase de llorar, no es de extrañar.
Hay familias en las que no se permiten mostrar ciertas emociones. Las que se consideran (no sé bien con qué criterio) negativas o mal vistas por otros. De ahí que esté tan extendido entre los adultos el decirle a los niños o bebés "No llores". 

¿A cuántos de vosotros os han "prohibido" llorar aunque sintieseis dolor?
¿Por qué se empeñan los adultos en ocultar las emociones "negativas"?

Abrazos.

sábado, 12 de diciembre de 2015

¡Deja el móvil y cuida a tu hijo!

¿Alguien ha "padecido" esta frase alguna vez?
Yo sí.
Y es que resulta que soy una mujer muy ocupada. Además de ser madre de un bebé de 20 meses que es un torbellino, también trabajo, me encargo de la compra, de llevar mi casa con todo lo que ello conlleva (poner lavadoras, tender, recoger, fregar platos, hacer cenas, desayunos, bañar al peque, cambiarle los pañales, vestirlo, desvestirlo, dormilo, jugar con él, ducharnos juntos, ir al baño (también juntos), lavarnos los dientes), en fin, una larga lista de tareas, que muchas de vosotras repetís igual que yo diariamente. Y esto no es una queja. Es una descripción de la realidad.
Pero resulta que hay personas que no entienden o no se creen que realmente esté tan ocupada, y te sueltan lindezas del tipo "No tienes tiempo para nada, pero sí para colgar una foto en Instagram".
Pues mira, resulta que tengo tiempo para eso, que apenas me lleva unos segundos, igual que tengo tiempo para todo lo demás. Pero claro, lo demás se entiende como obligación y hay quien se cree que no somos merecedoras de un poco de tiempo de "ocio".
Si mi hijo, que no para quieto, como corresponde a un niño de su edad, comete alguna "trastada", la reprimenda o la falta de ella dependerá claramente de lo que yo esté haciendo en ese preciso instante. Que rompe algo mientras yo estoy cocinando, fregando platos, barriendo, tendiendo.... "Ay que ver este niño qué travieso".
Pero si lo hace justo en los diez segundo que estoy mirando mi móvil leyendo un mensaje de Whatsapp, Ah! Entonces tienes que escuchar "Si no estuvieras mirando el móvil tu hijo no destrozaría las cosas!".
Las licencias solo se conceden si estás atendiendo a tus obligaciones. Para lo demás, no hay tregua.
Decidme que no soy la única que alguna vez ha tenido que escuchar frases como éstas.
A mí me sacan de mis casillas. ¿Y a vosotras?


domingo, 18 de enero de 2015

Mi bebé y sus maneras de dormir

En los nueve meses que ha cumplido mi niño son muchos los cambios que vamos viendo y experimentando juntos. Hay uno de ellos que tiene que ver con el sueño de mi bebé y cómo ha ido evolucionando para pasar de quedarse plácidamente dormido en mis brazos a preferir dormirse gateando. ¡Sí, sí,! mi niño, que en todo este tiempo no ha querido estar boca abajo, ahora se pone a cuatro patas, hinca la cabeza en el colchón y así se queda frito:



Cada vez es menos frecuente que se me duerma en brazos, normalmente cuando ya está cansado y somnoliento a la hora de la siesta o por la noche y siempre en posición vertical (como cuando lo porteo), nada de tumbarlo y acunarlo. 

En esas pocas ocasiones lo disfruto muchísimo, porque lo echo de menos y porque soy consciente de que cada vez serán más escasas. 
¡Ay qué tiempos aquellos cuando se quedaba sopa pegadito a mi pecho!

Sin ir más lejos, esta semana, en uno de esos momentos mientras lo sostenía, le comenté a su papá: 

"Esto es lo mejor del mundo mundial: cuando mi hijo se entrega al sueño confiando en mis brazos que lo sujetan"

Eso, y su cara de angelito, me derriten.

Algunas curiosidades sobre la manera de dormir de Daniel también han ido evolucionando. Por ejemplo, desde recién nacido le ha gustado tener algo que le tocase la cara. Normalmente utilizábamos un peluche y falta de éste, también valían sus propias manos o las nuestras.







Ahora, prefiere meter su cara entre mi cuello y mi barbilla, o hundirla en la almohada. La cuestión es que parece que le sigue gustando esconder su carita, tal vez le recuerde a cuando estaba en mi vientre encajado y por eso le relaja esa pequeña presión en la frente y los ojos.

Sin ir más lejos, hoy hemos ido en bus al centro y lo llevaba en la mochila portabebés, sabía que tenía sueño y no tardaría en "caer".  A una señora que iba sentada a nuestro lado le ha hecho gracia cómo Daniel intentaba meter su cara entre mi pecho y mi axila: "¡Míralo, cómo busca su cueva para dormirse!". 

En cuanto a la postura, de recién nacido dormía hacia un lado o hacia el otro y hecho un "coquito" (véase la foto de la izquierda, y su muñequito que no falte).

Según fueron transcurriendo los meses y él empezó a tener más control sobre su cuerpo, en la mayoría de ocasiones se colocaba boca arriba, brazos en posición de "¡arriba las manos!" y la cabeza ladeada. 
Una vez le pregunté a su pediatra si esta era una postura correcta para dormir, y me contestó que era estupenda y sobre todo si era en la qué él se sentía cómodo. ¿Cómo lo veis? Yo creo que está muy cómodo, verdad?
Sigue durmiendo en esa postura (a la que yo llamo "la ranita") la mayor parte del tiempo. 
Al principio utilizó chupete, pero alrededor de los cinco meses empezó a rechazarlo. El control y dominio de llevarse sus dedos a la boca reemplazaron al caucho, unos deditos de bebé son mucho más sabrosos, ¡dónde va a parar!



A lo largo de estos meses también nos ha deleitado con algunas posturas merecedoras de instantáneas y de un buen nombre.


Aquí tenemos El Faraón:


El churro, media manga, manga entera:






El Bonaparte:




El Santito:



y el un, dos, tres, al escondite inglés:




Y vuestros bebés ¿Qué rarezas tienen a la hora de dormir?

Te propongo un reto: sube una foto de tu bebé durmiendo en alguna posición graciosa o poco común y compártela en las redes (twitter, facebook, instagram...) con el hashtag #manerasdedormir. Incluso si te apetece, publica un post en tu blog para mostrarnos a tu angelito felizmente dormido. ¿Te apuntas?

Un abrazo.

lunes, 12 de enero de 2015

¿Niño o Niña? #Recordandomiembarazo

Hace unos días os hablé de la eco-Doppler que me realizaron en la semana 20 de gestación. Hoy os voy a hablar de algo muy importante que se suele ver y saber en esa ecografía.


¿Podríais adivinar por la imagen si se trata de un niño o una niña?

Nosotros no quisimos saberlo. Llegando al tercer mes de embarazo, mi pareja me propuso no saber el sexo de nuestro retoño. Le parecía más divertido y emocionante descubrirlo en el momento del parto. Como a mí me daba lo mismo que fuese niño o niña, me pareció una buena idea mantener la sorpresa hasta el final, por eso acordamos que no lo sabríamos hasta su nacimiento. Así pues, cada vez que entraba en la consulta del obstetra o de seguimiento de embarazo y tocaba eco avisaba de que no queríamos saber el sexo, porque los médicos están tan habituados hoy en día a decir el sexo y hablar del niño o la niña que no quería que a ninguno se le escapase. A ellos les parecía “simpática” nuestra decisión porque hoy en día no es normal no saberlo.

También fue divertido (y a veces pesado) el debate en la calle, entre los vecinos, los amigos, familiares, compañeros de trabajo… Porque, si habéis estado embarazadas alguna vez, habréis “padecido” la requeterrepetida pregunta: 

¿Qué llevas, niño o niña? 

Una pregunta que se contesta rápidamente con una sola palabra. Pero en nuestro caso, la respuesta era:

“No queremos saberlo”. 

Y ahí empezaba la retahíla de preguntas, opiniones, adivinaciones… sin fin. Que por qué no queréis saberlo, que de qué color vas a comprar los muebles y la ropa si no lo sabes, que si vaya tontería no saberlo si hoy en día se puede saber, que si enséñame las manos para adivinar si es niño o niña, que si estás muy guapa eso es que es niño (o lo mismo servía para vaticinar que era niña), que si no sientes ansiedad por no saberlo, que cómo te vas a dirigir a tu bebé durante el embarazo, que qué nombre le vais a poner….En fin, la lista era interminable.

Yo me divertía mucho con esto. ¡Cómo la gente se empañaba en saber el sexo de mi bebé con las mismas ganas que si fuesen a tenerlo ellos! Aunque a veces me molestaba también la actitud de algunas personas por su poco respeto hacia una decisión que tomamos mi marido y yo.
Nosotros seguimos a lo nuestro. Con lo del nombre lo teníamos claro desde mucho antes de quedarme embarazada. Si era niño, Daniel, si era niña, Sara. Y en cuanto a los muebles y la ropa, pues lo tenemos casi todo blanco (mi marido es daltónico y no somos de "colorear" mucho la casa). Además, como he dicho antes, yo no sentía la necesidad imperiosa de saberlo y realmente me daba igual que fuese niño o niña. Tengo amigas y compañeras de trabajo que han sufrido y se han llevado un gran chasco cuando han sabido que llevaban un niño y ellas querían niña, o viceversa. Afortunadamente, no fue mi caso. Lo que viniera, bien estaba y, aunque suene a tópico, lo importante era que viniese bien y fuese un bebé sano.

Quienes halláis leído mi entrada El parto que no soñé, sabréis que al ser un parto por cesárea estuve sola en el quirófano, sin mi marido, así que fui la primera en saber qué era. Como todo el personal que me atendía estaba informado de que no sabíamos el sexo del bebé, me preguntaron por los nombres elegidos. Y cuando estaba tumbada, anestesiada y sin saber en qué punto estaba la cesárea, de repente escuché un par de voces gritando al unísono “¡Un Daniel! ¡Un Daniel!”

En ese momento rompí a llorar “¡Es un niño! ¡Mi niño!”. Uno de los momentos más especiales, emocionantes y gratificantes que recuerdo de mi parto.

Y vosotras ¿Supisteis el sexo de vuestro bebé durante el embarazo? ¿Cómo recibisteis la noticia? 
Un abrazo.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Ecografía de las 20 semanas #Recordandomiembarazo

Hoy voy a retroceder un poco en el tiempo, hasta hace un año exactamente, para explicaros cómo fue la primera ecografía abdominal de mi embarazo, la conocida como eco-Doppler. Quienes halláis pasado por algún embarazo ya la conocéis, para los que no, se trata de una ecografía que permite ver todos los órganos del feto para detectar posibles malformaciones, por si hubiese que intervenir y estar listos para ello en el momento del parto. También he leído en internet que se usa para la determinación del riesgo de preeclampsia en mujeres embarazadas, algo que no sirvió en mi caso, porque padecí preeclampsia detectada en la semana 33 de gestación (podéis leerlo en mi post Un embarazo de 34 semanas). Además, en esta eco la mayoría de papás y mamás descubren el sexo de su bebé (siempre y cuando éste se deje ver). 
Cuando llegamos a la semana 20 de embarazo nos citaron en el Hospital Clínico Universitario de Málaga para que me realizaran la deseada y al mismo tiempo temida eco-Doppler. ¿Por qué digo temida? Porque, aunque una siempre confía en que todo va a salir normal, me quedaba ese gusanillo en el estómago de pensar que pudieran decirnos que algo no estaba del todo bien. Recuerdo que tuvimos que esperar mucho para entrar a la consulta porque iban con un retraso de más de una hora, así que imaginaos los nervios que yo fui acumulando. Para colmo, ya en la consulta, percibimos mucha tensión. La auxiliar me hablaba en un tono elevado, dándome órdenes casi dictatoriales y muchas de golpe: 
“Deja tu ropa ahí, bájate los pantalones, túmbate en la camilla, así no, más cerca, más abajo, bájate los pantalones, deja tu ropa ahí, …” 

¡Aaaarrrggggg!

“¡Oiga, no me agobie, deme las órdenes de una en una, por favor! ¿Primero me bajo los pantalones o me tumbo en la camilla? Me está aturullando.”

“Es que tenemos prisa que vamos con retraso” (¿Me lo va a decir a mí que llevo más de una hora esperando para entrar?)
Una vez bien colocada en la camilla, con el visto bueno de la auxiliar, la doctora empezó con la ecografía. Sin soltar ni una palabra. Nada. Ni mu. En mucho rato no abrió la boca y continuamente resoplaba. Mi marido y yo callados, no entendíamos nada. Después de unos minutos, giró el monitor para que nosotros pudiésemos ver algo. La imagen que más recuerdo de aquel momento fue la columna vertebral y las costillas de mi bebé, se veían perfectamente. Mi marido preguntó si lo que se veía como un hueso largo cerca de la cabeza era un brazo, a lo que la doctora contestó que se trataba del fémur (¡madre mía, qué flexibilidad!).

No recuerdo exactamente cuánto tiempo duró la eco, creo que fueron unos 10 o 15 minutos. A las pocas preguntas que le hicimos a la doctora contestó con monosílabos. Durante todo el tiempo estuvo resoplando y haciendo muecas raras. Al terminar le pregunté si estaba todo bien (por sus gestos) y me dijo que no había podido ver la cavidad estomacal, así que teníamos que volver tres días después para repetirla. Y anunció que el cordón umbilical tenía una sola arteria (normalmente el cordón tiene dos arterias y una vena). “¿Tenemos que preocuparnos?” Nos dijo que no, de momento, pero que habría que ir viendo si el bebé se desarrollaba correctamente en las futuras ecografías de seguimiento.

Eso fue un viernes y teníamos que volver el lunes. Así que tuve tiempo el fin de semana para darle vueltas a lo que me había dicho sobre lo del estómago. Busqué algo de información en internet y me tranquilicé porque seguramente no lo había podido ver bien porque no tendría líquido dentro, si con suerte había tragado algo de líquido amniótico, el lunes podría ver la cavidad estomacal perfectamente. 
Y así fue.
El lunes nos habían dado la cita temprano y cuando entramos en la consulta estaba la misma doctora, aunque parecía otra. Nada de aquella huraña del viernes, seca, siesa y malhumorada. Ahora se veía simpática y agradable. Pero eso no la libró de un buen tirón de orejas. Mi marido y yo nos despachamos a gusto por el trato recibido la primera vez. Ella se excusó en que normalmente hacía 16 ecos en una mañana y aquel día hizo 32, justo el doble ¡Toma ya! No me extraña que estuviese cansada y malhumorada, pero nosotros no éramos los responsables ni culpables de aquella situación, sin embargo sí pagamos las consecuencias recibiendo un trato poco aceptable y con pocas explicaciones, y ellas estarán muy acostumbradas e incluso hartas de hacer ecografías todos los días, pero para nosotros era la primera.
Después de esta regañina, nos hizo la eco y fue hasta encantadora. Nos dio un montón de respuestas a todas las preguntas que le hicimos, preocupados sobre todo por lo del cordón uniarterial. Nos tranquilizó, ya que todavía era pronto para saber si podría tener consecuencias para el bebé, y además muchos embarazos cursan con un cordón de una sola arteria sin problema. 
Nos dio cita para volver a realizar una ecografía en la semana 28 y nos entregó la tira con las “fotos” de nuestro bebé.






























Y a vosotras ¿cómo os fue la primera eco-Doppler?
Un abrazo.

martes, 2 de diciembre de 2014

Tú también cuentas

Tres días. Eso duró mi primer embarazo. Bueno, el embarazo duró siete semanas, pero ese fue el tiempo que pasó entre que supe que estaba embarazada y el día que dejé de estarlo.

Tardé en saber que estaba embarazada porque, aunque tenía un retraso en la regla de casi dos semanas, ya me había ocurrido otras veces y al final me acababa viniendo (no es plato de gusto tener la regla cuando llevas casi tres años intentando quedarte embarazada; más aún, me parece una broma pesada tener retrasos en el período que te hacen soñar o esperanzarte para nada). Así que, como digo, no le presté demasiada atención a ese retraso hasta que, yendo a desayunar con mis compañeras del coro flamenco entramos en un bar y solté entre arcadas “¡qué peste hay aquí!” para sorpresa de todas, a las que el olor a comida les parecía bueno, incluso agradable. En ese momento una de ellas me dijo que ya estaba tardando en ir a hacerme el test de embarazo.

Pero todavía tardé unos días más antes de ir a la farmacia, porque yo no notaba ningún síntoma (después de todo lo que me habían contado algunas embarazadas sobre mareos, arcadas, acidez, etc.) aparte de la anécdota del bar. Como mi pareja y yo llevábamos tiempo intentando tener un hijo y éste se ve que se resistía en llegar, empezamos a visitarnos en el área de infertilidad del Hospital Clínico Universitario de Málaga. Tras las diversas pruebas médicas, la mayoría de ellas bastante desagradables, el resultado fue que estábamos sanos y no teníamos ningún problema de fertilidad (como le ocurre a muchas de las parejas a las que conozco y que han pasado por el mismo proceso). Así que, como yo ya había cumplido los 38 años y ya no me podían ayudar desde la sanidad pública a través de la inseminación asistida, entré directamente en la lista de espera para la inseminación in vitro. El mismo día que firmé los papeles en la consulta del Hospital Materno Infantil, la doctora me recomendó hacerme el test de embarazo, porque habían pasado 38 días desde mi última regla. Me lo hice cinco días después.

Salió positivo, claro. Eso fue un lunes por la mañana de finales de mayo. El miércoles empecé a sentir molestias, como un dolor de regla suave  con un pequeño manchado. Esa misma tarde fuimos a urgencias del Hospital Materno donde me revisaron, y a través de una ecografía vaginal pudimos ver dos rayitas que se abrían y cerraban rápidamente: su corazón (como estaba de 7 semanas éste ya estaba formado). La doctora me recomendó reposo absoluto y me advirtió que el riesgo de aborto era del cincuenta por cierto. Hice reposo todo el jueves, pero a última hora de la tarde los dolores se intensificaron y el manchado era considerable, así que volvimos a ir al hospital, al que ya no pude entrar por mi propio pie debido a la intensidad de los dolores. Cuando me revisaron ya no llevaba “la bolsa”, había perdido a mi bebé, que para mayor pena, seguramente se fue por el inodoro sin que yo me diera cuenta.

“¿No has notado que se te salía?” Me preguntó la joven doctora.
Lo que vino después fueron dolores muy intensos y contracciones provocadas por la oxitocina en vía, que no sirvieron para expulsar todo, por lo que acabé ingresada para que me realizaran un legrado, y salí del hospital dos días después (el ingreso, la operación y la posterior estancia hospitalaria darían para otro post...).

Con el apoyo de mi pareja conseguí superarlo bastante rápido, sobre todo porque él me hizo ver la parte buena de todo esto. Difícil de creer que haya algo bueno en un aborto espontáneo, ¿verdad? Pues lo había: tan sencillo como que quedaba demostrado que podía quedarme embarazada, así que solo era cuestión de seguir intentándolo.

Alguien me dijo, después de sufrir el aborto, que, de media, cada mujer sufre dos abortos (desconozco la fuente o estudio sobre este dato). Conozco parejas que han tenido varios hijos sin sufrir jamás una pérdida, eso quiere decir que otras tienen la desgracia de sufrir tres, cuatro o incluso, como es el caso de dos conocidas, cinco abortos. Así que puedo sentirme afortunada porque a mí solo me ha pasado una vez.

Hace un par de semanas, desvelada de madrugada después de darle el biberón a Daniel (algo que me ocurre muy a menudo), me vinieron a la mente los recuerdos de aquellos momentos y empezaron a fluir frases en mi cabeza dedicadas a aquel pequeño ser que no pudo ser. Me tuve que levantar de la cama y ponerme a escribir todo lo que me venía en ese arranque de inspiración y congoja. Lo que escribí, tal cual, lo trascribo a continuación, sin revisar y sin corregir:

Tú también cuentas

 Fuiste el primero. Mi primer embarazo.
Aunque te fuiste casi sin sentirte. Sin notar que te sentía, aunque estabas ahí.
Lo sé porque, además de ver el positivo en el test, pude ver latir tu corazón durante unos segundos en la consulta de urgencias del hospital.
Emoción y miedo al mismo tiempo. Reposo que no sirvió.
No te noté. Sentí el dolor, las punzadas, las contracciones, la pena, pero no noté que te ibas. Te perdiste sin más. Dejaste de estar dentro de mí.
Aún así hubo consuelo y esperanza. Hubo futuro.
Me abriste el camino a mi siguiente embarazo. ¿Era esa tu misión? Tan breve pero efectiva. Me preparaste. Me hiciste confiar y creer que podía ser mamá.

Esta entrada se la dedico a todas las mamás, futuras mamás y a todas aquellas mujeres que han sufrido alguna pérdida gestacional. Un abrazo a todas.


P.D.: Este post lo escribí hace algo más de dos meses, pero no había encontrado el momento de publicarlo hasta que hace un par de semanas leí un post maravilloso y entrañable de Amor de Batmami sobre los bebés estrella y los bebés arcoiris (recomiendo su lectura), que me ha ayudado a atreverme a publicarlo, aunque releyéndolo siento una gran emoción y se me llenan los ojos de lágrimas de recuerdos. Este post habla de mi bebé estrella.

Un abrazo.

lunes, 10 de noviembre de 2014

El parto que no soñé

El jefe de obstetricia del Hospital Materno había dictado sentencia:

“Hoy se termina tu embarazo. Tu hijo nacerá entre hoy y mañana”.

(Si quieres saber cómo llegamos hasta aquí, puedes leer mi anterior entrada Un embarazo de 34semanas)

Me llevaron a una consulta que hay en la misma planta y allí me explicó que me iba a introducir una cinta en el cuello del útero para madurarlo, porque en ese momento estaba perfectamente cerrado como correspondía a la semana 34 de gestación. Luego me dio una hoja donde explicaba que me iban a inducir el parto y tenía que dar mi consentimiento. Y de viva voz me resumió los motivos por los que me lo tenían que provocar:
     -  Padeces preeclampsia y la única manera de “curarte” es haciéndote parir.
     -  Como ya has cumplido la semana 34, hay menos riesgos para tu hijo que si fuese antes.
     -  Está en riesgo tu vida y la de tu bebé, y no se descarta cesárea, aunque vamos a intentar un
         parto vaginal.
     -  Al ser inducido, va a ser largo, prepárate para unas 12 horas.
Una vez introducida la cinta, me recomendó que estuviese un par de horas sin moverme mucho, recostada en la cama. Podía comer, porque, como dijo, iría para largo.
Era media mañana del lunes 7 de abril. Me fui a mi habitación y me acosté en la cama. Hacia la una y media me trajeron la comida y comí. Y en seguida empecé a notar unos dolores en el bajo vientre, parecidos a los dolores de regla. Eran suaves. Se lo comenté a mi madre y a la comadrona que estaba de turno esa tarde (un cielo, por cierto). Cuando terminé de comer me pusieron los monitores. No había cambiado nada con respecto a los movimientos fetales (a los no movimientos), pero en la gráfica se empezaban a apreciar las contracciones. Yo seguía con esos “dolores de regla” que, según me confirmó la comadrona, eran contracciones de parto. Me pidió que la avisara cuando empezara una y así lo hice, entonces me explicó cómo respirar para conseguir relajarme y que pasara el dolor cuanto antes: “Mírame a los ojos y mira como lo hago”, me dijo. “Coge aire, coge aire, un poco más… y ahora lo vas soltando todo seguido, sin parar, ¡vamos así, muy bien! Hazlo cada vez que sientas una contracción”. Y en esas estábamos, mirándonos la una a la otra y respirando juntas. Así pasé un par de contracciones sin enterarme. Me dejó con mis respiraciones y acompañada de mi madre. Yo estaba muy tranquila, la verdad, y aquellos dolores me parecían muy llevables, quizá tengan razón quienes dicen que las mujeres que padecemos dismenorrea (fuertes dolores menstruales), sobrellevamos mejor los dolores de las contracciones.
A eso de las seis menos veinte de la tarde, noté como una pequeña explosión dentro de mi vagina, algo suave, como un puf. Y acto seguido empezó a salir líquido. Llamé a la comadrona que confirmó que se trataba del líquido amniótico, así que había roto la bolsa de forma espontánea. En apenas cinco minutos ya me estaban bajando a la sala de partos. Me despedí de la comadrona y de mi madre. Mi marido vino conmigo.
Seguía con las contracciones cada vez más fuertes y seguidas, pero que yo llevaba muy bien gracias a los consejos sobre la respiración de la comadrona Cielo. Uno de los médicos que estaba en la sala de partos (entraron por lo menos cuatro en el tiempo que estuve allí y no fue más de una hora), me dijo que lo estaba haciendo estupendamente y que me relajaba muy bien. Con su mano introducida dentro de mi vagina, lo que me causaba más dolor que las contracciones, me pidió que empujara.
(Foto hecha por mi marido en la sala de partos cuando todo parecía ir estupendamente)


“¿Y cómo tengo que empujar? Es que no sé qué tengo que hacer, ¡no me ha dado tiempo a terminar las clases de preparación al parto!" Fui tan expresiva, que causé risas entre el personal.
Empujé, y de nuevo me dijo que lo estaba haciendo muy bien. Así que, según parecía, el jefe de obstetricia se había equivocado en lo de “parto largo”, todo iba bien y rápido. Ya estaba dilatada de cuatro centímetros cuando una de las auxiliares me dijo en ese momento que podía pedir la epidural cuando quisiera.
“¿La epidural? Si solo estoy de cuatro centímetros… no, no, de momento no”.
 


Entonces entró otra doctora, metió su mano de nuevo en mi vagina (¡Dios, por qué tienen que hacer tanto daño!) y espetó:

“A quirófano, urgente, hay que hacer cesárea”.
¿Qué está diciendo esta loca? Pensé.
“¿Como que cesárea? ¡Si voy muy bien!”.
“Tú vas muy bien, pero tu hijo no aguanta un parto, le bajan las pulsaciones cada vez que tienes una contracción. Hay que sacarlo ya.”
Busqué al otro doctor con la mirada, y asintió, miré a mi marido que puso cara de “¡qué le vamos a hacer!” y entonces rompí a llorar como una niña: “¡Yo no quiero cesárea!!”. Pero no se trataba de lo que yo quisiera, como me hicieron saber inmediatamente, sino de lo más conveniente para mi hijo y para mí. "Ya se los explicarás a tu hijo", me dijo una de las auxiliares. Pedí que me acompañara mi marido, pero me dijeron que él tenía que quedarse fuera, así que me tenía que quedar sola (obviamente, no sola en el sentido estricto, ya que el quirófano estaba lleno de personal médico), pero estaba sola, iba a tener a mi hijo sin poder verlo nacer, sin que mi marido pudiese estar cogiéndome la mano y explicándome cómo iba todo, sin poder desahogarme por lo nerviosa y asustada que estaba. SOLA.
Nadie me había preparado para ese parto. En las pocas clases de formación prenatal a las que pude asistir no me dijeron que, a veces, no se puede parir como una ha soñado, no me explicaron el procedimiento de una cesárea, no me prepararon para saber que se trata de una operación de grado mayor y que hay que estar en observación varias horas después como en cualquier otra intervención quirúrgica, no sabía que tendría que estar sola en todo ese proceso. Claro que conozco mujeres que han tenido a sus bebés por cesáreas, pero nadie entra en esos “detalles”, y si encima te pilla de novata como a mí, pues lo vives fatal. Yo por lo menos tengo muy mal recuerdo de mi parto y sobre todo, de las primeras horas después del parto.
Aquello no tenía nada que ver con el parto que yo había soñado, que había imaginado tantas veces. Me había visto pariendo de forma natural, acompañada de mi marido, viendo a mi hijo nacer. Me había visto así muchas veces, con mi bebé impregnado de fluidos encima de mí, oliéndolo, besándolo, respirando con él, conectados todavía por el cordón. Me emocionaba pensarme así, pariendo. Llevándome a mi hijo al pecho, haciendo el piel con piel desde el primer momento.
Nunca soñé que mi hijo nacería en un quirófano. Que lo sacarían de mi barriga sin yo sentir nada. Que no podría verlo, ni olerlo, ni tocarlo. Nunca imaginé que se lo llevarían tan de prisa que apenas podría ver asomar uno de sus pies de entre un barullo de sábanas verdes. Que sólo podría ver su cara un segundo antes de que la enfermera lo volviera a tapar rápidamente para que no se enfriase.
Ese no fue el parto que yo soñé.
Daniel nació a las ocho de la tarde de aquel lunes 7 de abril. Lo vi a un metro de distancia. Ni siquiera me lo acercaron a la cara para que pudiera rozar sus mejillas. No dudo que todo lo hicieron por el bien de mi hijo y para que llegase lo antes posible a urgencias de neonatología, pero ¿de verdad no podían habérmelo acercado un par de segundos, para darle un beso, para susurrarle “Tranquilo, mi amor, mami está aquí, todo va a ir bien”?
Unos minutos después de que se lo llevaran, vino la pediatra de guardia de neonatología para decirme que mi hijo estaba estupendamente, todos sus niveles eran correctos y había llorado mucho (todo el recorrido hasta la sala de neonatos parece ser que lo hizo llorando). Yo no podía ni hablar, ahogada entre sollozos. Y allí me quedé, sola de nuevo, mientras detrás de una sábana que tapaba la mitad de mi cuerpo escuchaba la conversación de las dos personas que me estaban cosiendo la barriga. Nadie hablaba conmigo.
Hasta aquí, probablemente mi parto no difiera mucho de otros tantos cientos o miles. Muchas mujeres han vivido la experiencia de una cesárea. Muchas han tenido bebés prematuros que han sido separados de ellas para ser ingresados en neonatología y permanecer en incubadoras. De lo que me quejo (porque sí, me quejo) es que, por lo menos en mi caso, se “deshumanizase” el nacimiento de mi hijo, o yo por lo menos lo sentí así. Los médicos, cirujanos, obstetras, anestesistas, pediatras… Hacen su trabajo, y lo hacen bien. Yo estuve muy bien atendida, y entendí en todo momento que la prioridad era la vida de mi hijo y la mía propia. Teniendo en cuenta estas circunstancias, habrá quien opine que el hecho de poder ver y tocar a tu bebé recién nacido es una nimiedad, pero para una mujer sobrepasada por las circunstancias, enferma y medicada, ingresada varios días antes, cargada de hormonas y de nervios a partes iguales, un detalle como éste significa mucho. Y más teniendo en cuenta que, aunque en ese momento no lo sabía, me esperaban casi dos días de separación de mi hijo antes de volver a verlo.
Mi parto entrará dentro de las estadísticas como uno de tantos que se intenta que sean vaginales y acaban en cesárea, pero lo que vino en las horas posteriores fue de mal en peor: la lenta recuperación, el postparto, la separación de mi hijo durante tantas horas, la tardía mejoría de mi salud, mi lactancia frustrada…
Mientras sigo escribiendo y contando cómo fue, os dejo el enlace a una entrada anterior que publiqué con motivo de la Semana Internacional de la Crianza en Brazos: Nuestra primera vez en brazos. Merece la pena leerlo para que vayáis haciéndoos a la idea de lo que viví en las horas posteriores al nacimiento de mi hijo.
Y vuestros partos ¿fueron como imaginasteis? ¿Os soñasteis pariendo como lo hicisteis? ¿Cómo vivisteis las primeras horas tras el alumbramiento?
Un abrazo.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Un embarazo de 34 semanas

Hoy se cumple un mes del lanzamiento de este blog y creo que ya va siendo hora de explicar cómo fue mi embarazo y el parto, porqué se adelantó y porqué tuvo que ser inducido. No quiero entrar en mucho detalle (hay acontecimientos que dan para un post o más de uno…) y tampoco quiero extenderme mucho. Voy a intentar resumirlo todo lo que me sea posible, pero sin omitir momentos y temas que me parecen trascendentes.

Hasta ahora he dejado caer algunas pinceladas de lo que ocurrió (en mi primer post Una mamá sin mala leche y en otro con motivo de la semana internacional de la crianza en brazos Nuestra primera vez en brazos), pero no es fácil explicarlo ni tampoco lo es echarle buen humor a lo que ocurrió. Así que toca ponerse seria para contarlo.

Tuve un buen embarazo. Así lo viví y así, a pesar de todo, lo sigo creyendo. Fue bueno, aunque corto. Quitando un par de semanas en las que tuve que hacer reposo relativo por un pequeño sangrado en la semana 10 de gestación, el resto fue bien.
 No dejé de trabajar ni de hacer otras actividades como caminar a diario o nadar dos veces en semana. Me encontraba perfectamente, tanto, que a veces se me olvidaba que estaba embarazada.

En los diferentes controles rutinarios que me hicieron a lo largo del embarazo todo (o casi todo) aparecía normal y, a pesar de mi edad (me quedé embarazada con 38 años), de haber sufrido un aborto unos meses antes y de tener hecha una conización de cuello de útero, mi embarazo tuvo un seguimiento de bajo riesgo.

Allá por la semana 27 empecé a notar que se mi hinchaban los dedos de las manos mientras estaba en la oficina y opté por dejar de ponerme anillos. Unos días después también empezaron a hincharse mis tobillos. Al principio no me preocupé mucho porque, al llegar a casa y poner las piernas en alto, bajaba la hinchazón. Pero según iban pasando los días, la hinchazón no bajaba al levantar los pies y además tampoco remitía durante la noche.

Aprovechando una de las clases de educación maternal en el centro de salud, se lo comenté a la matrona, que me llevó a una consulta y me tomó la tensión. Vio que la tenía un poco alta y me mandó a casa con instrucciones de tomarme la tensión regularmente y acudir a urgencias si rebasaba el límite de 140/90. No tuve que esperar mucho para que esto sucediera. Dos días después tenía la tensión a 145/95 y la hinchazón de los pies empezaba desde la mitad de la pierna y terminaba en una bola sobre el empeine que me dolía y me molestaba al caminar (tuve que comprarme unos zapatos dos números más grandes de mi talla). Ese jueves 3 de marzo me dirigí a urgencias del Hospital Materno Infantil de Málaga acompañada de mi marido y de mi madre. Después de tenerme seis horas en observación con monitores, de realizarme analíticas de sangre y orina y de suministrarme un Valium, me enviaron a casa con un tratamiento para la hipertensión gestacional (una pastilla tres veces al día) y con indicaciones de llevar una dieta baja en sal.

Al cabo de un par de semanas de tratamiento parecía que la tensión arterial se había estabilizado, incluso había bajado un poco, pero esta mejoría apenas duró unos días. La hinchazón de los pies nunca disminuyó y continué con el tratamiento. Justo cuando se cumplía un mes, en la semana 33 de gestación, volví a encontrarme mal. De nuevo un jueves. Recuerdo que aquella tarde me costaba mucho caminar y moverme. Fui a recibir una sesión de Reiki como ya había hecho otras veces, y tardé en hacer el trayecto desde casa algo más de media hora, cuando normalmente lo hacía en diez minutos. Salí de la sesión muy relajada y con intención de acudir a mi clase de natación prenatal, pero seguía encontrándome mal y decidí parar en una farmacia para tomarme la tensión. Descansé sentada unos minutos antes de la medición. Cuando el farmacéutico vio el resultado del tensiómetro, me miró a los ojos y me dijo “Deberías ir a urgencias cuanto antes”. Estaba a 150/10.

Unos minutos después ya me había recogido mi marido en la puerta de casa y enfilamos de nuevo hacia el hospital materno. De nuevo me tuvieron en observación con monitores, me realizaron las oportunas analíticas y me administraron Valium otra vez. Apenas una hora y media después ya tenían el resultado del análisis de orina. Entonces se me acercó el doctor que estaba de guardia y me dijo: “Te vas a quedar ingresada. Te ha salido proteína en la orina, así que el diagnóstico es preeclampsia. Y en previsión de que te tengamos que adelantar el parto, te vamos a poner la inyección de maduración de los pulmones”.

¡Toma ya! ¡Vaya tres frases para digerir así de sopetón!

Al recibir esta noticia, en un primer momento no me lo tomé muy mal. Me daba palo lo de quedarme ingresada, pero no creía que me tuvieran que provocar el parto, con el buen embarazo que había tenido hasta ahora… Entonces se me acercó una enfermera y me dijo: “Aquí tenemos un dicho: entras con la tensión y sales con tu bebé”.

El sábado cumplí la semana 34 de embarazo. Todo ese fin de semana lo pasé conectada a los monitores. Las pocas veces que me “soltaban” las correas sentía un gran alivio. Me monitorizaban mucho porque, debido a la cantidad de medicamentos que me estaban suministrando, había disminuido mucho el movimiento fetal. ¡Con lo que se movía mi bebé, que hasta tengo videos grabados de mi barriga dando “saltos”, y ahora apenas lo notaba! Por más que me tocaba la barriga, le hablaba, le cantaba, lo achuchaba, caminaba… nada. Me daban zumos con azúcar, me introducían glucosa por vía, y nada. No se movía. Imaginaos mi angustia, y la preocupación del personal médico.
El domingo fue un día largo. Muy largo. Desde por la mañana, el médico que estaba de guardia vino a visitarme en varias ocasiones, comprobando los resultados de los monitores y de mis tomas de tensión. Estaba realmente preocupado. En varias ocasiones me dijo “No comas nada por si te bajo a hacerte la cesárea”. Más tarde regresaba después de reunirse con el equipo y me decía: “Bueno, come, porque de momento no te vamos a hacer nada.” Unas horas después volvía a aparecer y me repetía lo mismo: “No comas por ahora porque seguramente te vamos a hacer la cesárea”. Para volver más tarde a decirme que no me la iban a hacer. Así tres o cuatros veces. ¡Dios mío, si me vais a hacer algo, hacédmelo ya!!! Me iba a volver loca, y eso no ayudaba a bajar mi tensión arterial. Finalmente por la tarde me realizó una ecografía y vio que, a pesar de todo, el bebé estaba bien, así que optaron por no hacer nada ese día y por fin pude descansar un poco.

A media mañana del lunes me visitó el jefe de obstetricia del hospital. Traía los resultados de las últimas analíticas y lo más destacado, además de que la tensión no había bajado con el tratamiento, fue que los niveles de proteína en orina se habían multiplicado por cuatro. Me explicó que la preeclampsia es una enfermedad del embarazo, que le pasa a algunas mujeres y que no tiene cura. La única cura es parir.

Y entonces pronunció una frase que aún resuena en mi cabeza y de la que a día de hoy todavía no estoy “curada”, porque, aunque pueda parecer raro teniendo en cuenta los acontecimientos de aquellos últimos cuatro días, no estaba preparada para lo que iba a pasar:

“Hoy se termina tu embarazo. Tu hijo nacerá entre hoy y mañana”.

 Lo que pasó a continuación da para mucho, porque mis problemas no terminaron ahí.

Pero no quiero extenderme más por ahora así que os seguiré contando en próximos posts porqué mi parto tuvo que ser por cesárea (se intentó que fuese vaginal), porque seguí ingresada nueve días más, porqué tardé dos días en ver a mi bebé después de dar a luz, porqué no conseguí una lactancia “normal” y tuvo que ser en diferido, etc. Así que, como veis, todavía hay mucho que contar y lo iré desgranando en futuras publicaciones.

Un abrazo.
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