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lunes, 10 de noviembre de 2014

El parto que no soñé

El jefe de obstetricia del Hospital Materno había dictado sentencia:

“Hoy se termina tu embarazo. Tu hijo nacerá entre hoy y mañana”.

(Si quieres saber cómo llegamos hasta aquí, puedes leer mi anterior entrada Un embarazo de 34semanas)

Me llevaron a una consulta que hay en la misma planta y allí me explicó que me iba a introducir una cinta en el cuello del útero para madurarlo, porque en ese momento estaba perfectamente cerrado como correspondía a la semana 34 de gestación. Luego me dio una hoja donde explicaba que me iban a inducir el parto y tenía que dar mi consentimiento. Y de viva voz me resumió los motivos por los que me lo tenían que provocar:
     -  Padeces preeclampsia y la única manera de “curarte” es haciéndote parir.
     -  Como ya has cumplido la semana 34, hay menos riesgos para tu hijo que si fuese antes.
     -  Está en riesgo tu vida y la de tu bebé, y no se descarta cesárea, aunque vamos a intentar un
         parto vaginal.
     -  Al ser inducido, va a ser largo, prepárate para unas 12 horas.
Una vez introducida la cinta, me recomendó que estuviese un par de horas sin moverme mucho, recostada en la cama. Podía comer, porque, como dijo, iría para largo.
Era media mañana del lunes 7 de abril. Me fui a mi habitación y me acosté en la cama. Hacia la una y media me trajeron la comida y comí. Y en seguida empecé a notar unos dolores en el bajo vientre, parecidos a los dolores de regla. Eran suaves. Se lo comenté a mi madre y a la comadrona que estaba de turno esa tarde (un cielo, por cierto). Cuando terminé de comer me pusieron los monitores. No había cambiado nada con respecto a los movimientos fetales (a los no movimientos), pero en la gráfica se empezaban a apreciar las contracciones. Yo seguía con esos “dolores de regla” que, según me confirmó la comadrona, eran contracciones de parto. Me pidió que la avisara cuando empezara una y así lo hice, entonces me explicó cómo respirar para conseguir relajarme y que pasara el dolor cuanto antes: “Mírame a los ojos y mira como lo hago”, me dijo. “Coge aire, coge aire, un poco más… y ahora lo vas soltando todo seguido, sin parar, ¡vamos así, muy bien! Hazlo cada vez que sientas una contracción”. Y en esas estábamos, mirándonos la una a la otra y respirando juntas. Así pasé un par de contracciones sin enterarme. Me dejó con mis respiraciones y acompañada de mi madre. Yo estaba muy tranquila, la verdad, y aquellos dolores me parecían muy llevables, quizá tengan razón quienes dicen que las mujeres que padecemos dismenorrea (fuertes dolores menstruales), sobrellevamos mejor los dolores de las contracciones.
A eso de las seis menos veinte de la tarde, noté como una pequeña explosión dentro de mi vagina, algo suave, como un puf. Y acto seguido empezó a salir líquido. Llamé a la comadrona que confirmó que se trataba del líquido amniótico, así que había roto la bolsa de forma espontánea. En apenas cinco minutos ya me estaban bajando a la sala de partos. Me despedí de la comadrona y de mi madre. Mi marido vino conmigo.
Seguía con las contracciones cada vez más fuertes y seguidas, pero que yo llevaba muy bien gracias a los consejos sobre la respiración de la comadrona Cielo. Uno de los médicos que estaba en la sala de partos (entraron por lo menos cuatro en el tiempo que estuve allí y no fue más de una hora), me dijo que lo estaba haciendo estupendamente y que me relajaba muy bien. Con su mano introducida dentro de mi vagina, lo que me causaba más dolor que las contracciones, me pidió que empujara.
(Foto hecha por mi marido en la sala de partos cuando todo parecía ir estupendamente)


“¿Y cómo tengo que empujar? Es que no sé qué tengo que hacer, ¡no me ha dado tiempo a terminar las clases de preparación al parto!" Fui tan expresiva, que causé risas entre el personal.
Empujé, y de nuevo me dijo que lo estaba haciendo muy bien. Así que, según parecía, el jefe de obstetricia se había equivocado en lo de “parto largo”, todo iba bien y rápido. Ya estaba dilatada de cuatro centímetros cuando una de las auxiliares me dijo en ese momento que podía pedir la epidural cuando quisiera.
“¿La epidural? Si solo estoy de cuatro centímetros… no, no, de momento no”.
 


Entonces entró otra doctora, metió su mano de nuevo en mi vagina (¡Dios, por qué tienen que hacer tanto daño!) y espetó:

“A quirófano, urgente, hay que hacer cesárea”.
¿Qué está diciendo esta loca? Pensé.
“¿Como que cesárea? ¡Si voy muy bien!”.
“Tú vas muy bien, pero tu hijo no aguanta un parto, le bajan las pulsaciones cada vez que tienes una contracción. Hay que sacarlo ya.”
Busqué al otro doctor con la mirada, y asintió, miré a mi marido que puso cara de “¡qué le vamos a hacer!” y entonces rompí a llorar como una niña: “¡Yo no quiero cesárea!!”. Pero no se trataba de lo que yo quisiera, como me hicieron saber inmediatamente, sino de lo más conveniente para mi hijo y para mí. "Ya se los explicarás a tu hijo", me dijo una de las auxiliares. Pedí que me acompañara mi marido, pero me dijeron que él tenía que quedarse fuera, así que me tenía que quedar sola (obviamente, no sola en el sentido estricto, ya que el quirófano estaba lleno de personal médico), pero estaba sola, iba a tener a mi hijo sin poder verlo nacer, sin que mi marido pudiese estar cogiéndome la mano y explicándome cómo iba todo, sin poder desahogarme por lo nerviosa y asustada que estaba. SOLA.
Nadie me había preparado para ese parto. En las pocas clases de formación prenatal a las que pude asistir no me dijeron que, a veces, no se puede parir como una ha soñado, no me explicaron el procedimiento de una cesárea, no me prepararon para saber que se trata de una operación de grado mayor y que hay que estar en observación varias horas después como en cualquier otra intervención quirúrgica, no sabía que tendría que estar sola en todo ese proceso. Claro que conozco mujeres que han tenido a sus bebés por cesáreas, pero nadie entra en esos “detalles”, y si encima te pilla de novata como a mí, pues lo vives fatal. Yo por lo menos tengo muy mal recuerdo de mi parto y sobre todo, de las primeras horas después del parto.
Aquello no tenía nada que ver con el parto que yo había soñado, que había imaginado tantas veces. Me había visto pariendo de forma natural, acompañada de mi marido, viendo a mi hijo nacer. Me había visto así muchas veces, con mi bebé impregnado de fluidos encima de mí, oliéndolo, besándolo, respirando con él, conectados todavía por el cordón. Me emocionaba pensarme así, pariendo. Llevándome a mi hijo al pecho, haciendo el piel con piel desde el primer momento.
Nunca soñé que mi hijo nacería en un quirófano. Que lo sacarían de mi barriga sin yo sentir nada. Que no podría verlo, ni olerlo, ni tocarlo. Nunca imaginé que se lo llevarían tan de prisa que apenas podría ver asomar uno de sus pies de entre un barullo de sábanas verdes. Que sólo podría ver su cara un segundo antes de que la enfermera lo volviera a tapar rápidamente para que no se enfriase.
Ese no fue el parto que yo soñé.
Daniel nació a las ocho de la tarde de aquel lunes 7 de abril. Lo vi a un metro de distancia. Ni siquiera me lo acercaron a la cara para que pudiera rozar sus mejillas. No dudo que todo lo hicieron por el bien de mi hijo y para que llegase lo antes posible a urgencias de neonatología, pero ¿de verdad no podían habérmelo acercado un par de segundos, para darle un beso, para susurrarle “Tranquilo, mi amor, mami está aquí, todo va a ir bien”?
Unos minutos después de que se lo llevaran, vino la pediatra de guardia de neonatología para decirme que mi hijo estaba estupendamente, todos sus niveles eran correctos y había llorado mucho (todo el recorrido hasta la sala de neonatos parece ser que lo hizo llorando). Yo no podía ni hablar, ahogada entre sollozos. Y allí me quedé, sola de nuevo, mientras detrás de una sábana que tapaba la mitad de mi cuerpo escuchaba la conversación de las dos personas que me estaban cosiendo la barriga. Nadie hablaba conmigo.
Hasta aquí, probablemente mi parto no difiera mucho de otros tantos cientos o miles. Muchas mujeres han vivido la experiencia de una cesárea. Muchas han tenido bebés prematuros que han sido separados de ellas para ser ingresados en neonatología y permanecer en incubadoras. De lo que me quejo (porque sí, me quejo) es que, por lo menos en mi caso, se “deshumanizase” el nacimiento de mi hijo, o yo por lo menos lo sentí así. Los médicos, cirujanos, obstetras, anestesistas, pediatras… Hacen su trabajo, y lo hacen bien. Yo estuve muy bien atendida, y entendí en todo momento que la prioridad era la vida de mi hijo y la mía propia. Teniendo en cuenta estas circunstancias, habrá quien opine que el hecho de poder ver y tocar a tu bebé recién nacido es una nimiedad, pero para una mujer sobrepasada por las circunstancias, enferma y medicada, ingresada varios días antes, cargada de hormonas y de nervios a partes iguales, un detalle como éste significa mucho. Y más teniendo en cuenta que, aunque en ese momento no lo sabía, me esperaban casi dos días de separación de mi hijo antes de volver a verlo.
Mi parto entrará dentro de las estadísticas como uno de tantos que se intenta que sean vaginales y acaban en cesárea, pero lo que vino en las horas posteriores fue de mal en peor: la lenta recuperación, el postparto, la separación de mi hijo durante tantas horas, la tardía mejoría de mi salud, mi lactancia frustrada…
Mientras sigo escribiendo y contando cómo fue, os dejo el enlace a una entrada anterior que publiqué con motivo de la Semana Internacional de la Crianza en Brazos: Nuestra primera vez en brazos. Merece la pena leerlo para que vayáis haciéndoos a la idea de lo que viví en las horas posteriores al nacimiento de mi hijo.
Y vuestros partos ¿fueron como imaginasteis? ¿Os soñasteis pariendo como lo hicisteis? ¿Cómo vivisteis las primeras horas tras el alumbramiento?
Un abrazo.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Un embarazo de 34 semanas

Hoy se cumple un mes del lanzamiento de este blog y creo que ya va siendo hora de explicar cómo fue mi embarazo y el parto, porqué se adelantó y porqué tuvo que ser inducido. No quiero entrar en mucho detalle (hay acontecimientos que dan para un post o más de uno…) y tampoco quiero extenderme mucho. Voy a intentar resumirlo todo lo que me sea posible, pero sin omitir momentos y temas que me parecen trascendentes.

Hasta ahora he dejado caer algunas pinceladas de lo que ocurrió (en mi primer post Una mamá sin mala leche y en otro con motivo de la semana internacional de la crianza en brazos Nuestra primera vez en brazos), pero no es fácil explicarlo ni tampoco lo es echarle buen humor a lo que ocurrió. Así que toca ponerse seria para contarlo.

Tuve un buen embarazo. Así lo viví y así, a pesar de todo, lo sigo creyendo. Fue bueno, aunque corto. Quitando un par de semanas en las que tuve que hacer reposo relativo por un pequeño sangrado en la semana 10 de gestación, el resto fue bien.
 No dejé de trabajar ni de hacer otras actividades como caminar a diario o nadar dos veces en semana. Me encontraba perfectamente, tanto, que a veces se me olvidaba que estaba embarazada.

En los diferentes controles rutinarios que me hicieron a lo largo del embarazo todo (o casi todo) aparecía normal y, a pesar de mi edad (me quedé embarazada con 38 años), de haber sufrido un aborto unos meses antes y de tener hecha una conización de cuello de útero, mi embarazo tuvo un seguimiento de bajo riesgo.

Allá por la semana 27 empecé a notar que se mi hinchaban los dedos de las manos mientras estaba en la oficina y opté por dejar de ponerme anillos. Unos días después también empezaron a hincharse mis tobillos. Al principio no me preocupé mucho porque, al llegar a casa y poner las piernas en alto, bajaba la hinchazón. Pero según iban pasando los días, la hinchazón no bajaba al levantar los pies y además tampoco remitía durante la noche.

Aprovechando una de las clases de educación maternal en el centro de salud, se lo comenté a la matrona, que me llevó a una consulta y me tomó la tensión. Vio que la tenía un poco alta y me mandó a casa con instrucciones de tomarme la tensión regularmente y acudir a urgencias si rebasaba el límite de 140/90. No tuve que esperar mucho para que esto sucediera. Dos días después tenía la tensión a 145/95 y la hinchazón de los pies empezaba desde la mitad de la pierna y terminaba en una bola sobre el empeine que me dolía y me molestaba al caminar (tuve que comprarme unos zapatos dos números más grandes de mi talla). Ese jueves 3 de marzo me dirigí a urgencias del Hospital Materno Infantil de Málaga acompañada de mi marido y de mi madre. Después de tenerme seis horas en observación con monitores, de realizarme analíticas de sangre y orina y de suministrarme un Valium, me enviaron a casa con un tratamiento para la hipertensión gestacional (una pastilla tres veces al día) y con indicaciones de llevar una dieta baja en sal.

Al cabo de un par de semanas de tratamiento parecía que la tensión arterial se había estabilizado, incluso había bajado un poco, pero esta mejoría apenas duró unos días. La hinchazón de los pies nunca disminuyó y continué con el tratamiento. Justo cuando se cumplía un mes, en la semana 33 de gestación, volví a encontrarme mal. De nuevo un jueves. Recuerdo que aquella tarde me costaba mucho caminar y moverme. Fui a recibir una sesión de Reiki como ya había hecho otras veces, y tardé en hacer el trayecto desde casa algo más de media hora, cuando normalmente lo hacía en diez minutos. Salí de la sesión muy relajada y con intención de acudir a mi clase de natación prenatal, pero seguía encontrándome mal y decidí parar en una farmacia para tomarme la tensión. Descansé sentada unos minutos antes de la medición. Cuando el farmacéutico vio el resultado del tensiómetro, me miró a los ojos y me dijo “Deberías ir a urgencias cuanto antes”. Estaba a 150/10.

Unos minutos después ya me había recogido mi marido en la puerta de casa y enfilamos de nuevo hacia el hospital materno. De nuevo me tuvieron en observación con monitores, me realizaron las oportunas analíticas y me administraron Valium otra vez. Apenas una hora y media después ya tenían el resultado del análisis de orina. Entonces se me acercó el doctor que estaba de guardia y me dijo: “Te vas a quedar ingresada. Te ha salido proteína en la orina, así que el diagnóstico es preeclampsia. Y en previsión de que te tengamos que adelantar el parto, te vamos a poner la inyección de maduración de los pulmones”.

¡Toma ya! ¡Vaya tres frases para digerir así de sopetón!

Al recibir esta noticia, en un primer momento no me lo tomé muy mal. Me daba palo lo de quedarme ingresada, pero no creía que me tuvieran que provocar el parto, con el buen embarazo que había tenido hasta ahora… Entonces se me acercó una enfermera y me dijo: “Aquí tenemos un dicho: entras con la tensión y sales con tu bebé”.

El sábado cumplí la semana 34 de embarazo. Todo ese fin de semana lo pasé conectada a los monitores. Las pocas veces que me “soltaban” las correas sentía un gran alivio. Me monitorizaban mucho porque, debido a la cantidad de medicamentos que me estaban suministrando, había disminuido mucho el movimiento fetal. ¡Con lo que se movía mi bebé, que hasta tengo videos grabados de mi barriga dando “saltos”, y ahora apenas lo notaba! Por más que me tocaba la barriga, le hablaba, le cantaba, lo achuchaba, caminaba… nada. Me daban zumos con azúcar, me introducían glucosa por vía, y nada. No se movía. Imaginaos mi angustia, y la preocupación del personal médico.
El domingo fue un día largo. Muy largo. Desde por la mañana, el médico que estaba de guardia vino a visitarme en varias ocasiones, comprobando los resultados de los monitores y de mis tomas de tensión. Estaba realmente preocupado. En varias ocasiones me dijo “No comas nada por si te bajo a hacerte la cesárea”. Más tarde regresaba después de reunirse con el equipo y me decía: “Bueno, come, porque de momento no te vamos a hacer nada.” Unas horas después volvía a aparecer y me repetía lo mismo: “No comas por ahora porque seguramente te vamos a hacer la cesárea”. Para volver más tarde a decirme que no me la iban a hacer. Así tres o cuatros veces. ¡Dios mío, si me vais a hacer algo, hacédmelo ya!!! Me iba a volver loca, y eso no ayudaba a bajar mi tensión arterial. Finalmente por la tarde me realizó una ecografía y vio que, a pesar de todo, el bebé estaba bien, así que optaron por no hacer nada ese día y por fin pude descansar un poco.

A media mañana del lunes me visitó el jefe de obstetricia del hospital. Traía los resultados de las últimas analíticas y lo más destacado, además de que la tensión no había bajado con el tratamiento, fue que los niveles de proteína en orina se habían multiplicado por cuatro. Me explicó que la preeclampsia es una enfermedad del embarazo, que le pasa a algunas mujeres y que no tiene cura. La única cura es parir.

Y entonces pronunció una frase que aún resuena en mi cabeza y de la que a día de hoy todavía no estoy “curada”, porque, aunque pueda parecer raro teniendo en cuenta los acontecimientos de aquellos últimos cuatro días, no estaba preparada para lo que iba a pasar:

“Hoy se termina tu embarazo. Tu hijo nacerá entre hoy y mañana”.

 Lo que pasó a continuación da para mucho, porque mis problemas no terminaron ahí.

Pero no quiero extenderme más por ahora así que os seguiré contando en próximos posts porqué mi parto tuvo que ser por cesárea (se intentó que fuese vaginal), porque seguí ingresada nueve días más, porqué tardé dos días en ver a mi bebé después de dar a luz, porqué no conseguí una lactancia “normal” y tuvo que ser en diferido, etc. Así que, como veis, todavía hay mucho que contar y lo iré desgranando en futuras publicaciones.

Un abrazo.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Una mamá sin mala leche

Antecedentes de hecho (y de paso declaración de principios):

  

Obviamente soy mamá (primeriza). Daniel, que ahora tiene cinco meses, nació por parto inducido que terminó en cesárea de urgencia en la semana 34 de gestación. Al ser un bebé prematuro tuvo algunas dificultades para mamar directamente de la teta, así que su lactancia es mixta: principalmente toma leche de fórmula que complemento con leche materna en diferido, o sea, me extraigo la leche con un sacaleches y posteriormente se la doy en biberón (¡un lío, vaya!).
 
 
Tengo buena leche: lo sé porque a mi bebé le encanta y además le aporta defensas y anticuerpos que no tiene la leche de fórmula. Por eso llevo todos estos meses realizando este esfuerzo extra (pues sí, estoy orgullosa de mí misma, nada de falsa modestia). Por cierto, ¿habréis probado la leche materna, verdad? Jo, la mía está buenísima, no me extraña que el peque arrugue los morritos cuando se le termina el bibi y le arreo el de fórmula, nota el cambio, fijo. Otra cosa distinta es que yo gaste mala uva de vez en cuando, que tengo un pronto de esos de “¡huye, qué como te pille verás!”.
 
 
Mujeres que, como yo, hayan sido mamá alrededor de los cuarenta, hay muchas; que hayan tenido un parto provocado y/o por cesárea, millones; que sus bebés hayan sido prematuros, incontables; que alimenten a sus bebés con lactancia mixta, otras tantas; que den leche materna en diferido, las que se van a trabajar y quieren continuar con la lactancia materna, por ejemplo; que hayan padecido preeclampsia en el embarazo, solo conozco a tres (y yo soy una de ellas). Mamás a las que les pase o les haya pasado todo esto junto y a la vez, solo conozco a una (¡lo tengo todo, papi!). Pero como dice mi pareja: “no te creas que eres tan única y exclusiva, seguro que hay más como tú”.
 
 
Me tengo por una persona optimista, alegre y a la que le gusta reírse de sí misma. De ahí que, habiendo pasado los primeros meses más complicados en la crianza, ahora empiezo a estar más relajada (emocional y psicológicamente) y me apetece contarlo aquí, aplicando ironía y buen humor, a ver si así se me quita esta cara de agria que se me había puesto después de dar a luz, y empiezo a parecer una mamá feliz.
 
 
En la red hay muchos blogs y webs que hablan sobre la maternidad en todos sus aspectos (y dicho sea de paso, soy seguidora de algunos de ellos que me parecen muy interesantes y útiles), y seguramente el mío sea uno más de tantos. Mi idea aquí no es solamente explicar mi experiencia como madre (no hay nada más aburrido que la vida de otro), sino ir un poco más allá. Obviamente me basaré en mis propias vivencias, contaré lo que me ha sucedido y cómo voy viviendo el día a día sobre mi maternidad, mis anécdotas, mis dudas, mis inquietudes y anhelos, mis frustraciones, mis alegrías; pero mi objetivo es compartirlo para que otras mujeres y/o mamás que hayan pasado por situaciones parecidas a la mía puedan encontrar un sitio donde reconocerse, donde contarlo, donde aportar su opinión, donde no van a ser juzgadas, donde nos podremos reír de nosotras mismas y hacernos compañía. Será como crear una tribu virtual.
 
 
Además también quiero compartir mis conocimientos sobre Numerología Tántrica, por lo qué iré colgando posts y tips que os pueden ser útiles para entenderos a vosotras mismas y a vuestros hijos.
Así que no me dejéis sola en esto. Aflorad de allá donde estéis, presentaos, manifestaos, ¡venid a mí! Aquí os espero. Dejad vuestros comentarios. Única condición imprescindible: echarle buen humor.




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