Hoy se cumple un mes del lanzamiento de este blog y
creo que ya va siendo hora de explicar cómo fue mi embarazo y el parto, porqué
se adelantó y porqué tuvo que ser inducido. No quiero entrar en mucho detalle
(hay acontecimientos que dan para un post o más de uno…) y tampoco quiero
extenderme mucho. Voy a intentar resumirlo todo lo que me sea posible, pero sin omitir
momentos y temas que me parecen trascendentes.
Hasta ahora he dejado caer algunas pinceladas de lo
que ocurrió (en mi primer post Una mamá sin mala leche y en otro con motivo de la semana internacional de la
crianza en brazos Nuestra primera vez en brazos), pero no es fácil explicarlo ni tampoco lo es echarle buen humor a
lo que ocurrió. Así que toca ponerse seria para contarlo.

Tuve un buen embarazo. Así lo viví y así, a pesar de
todo, lo sigo creyendo. Fue bueno, aunque corto. Quitando un par de semanas en
las que tuve que hacer reposo relativo por un pequeño sangrado en la semana 10
de gestación, el resto fue bien.
No dejé de trabajar ni de hacer otras
actividades como caminar a diario o nadar dos veces en semana. Me encontraba
perfectamente, tanto, que a veces se me olvidaba que estaba embarazada.
En los diferentes controles rutinarios que me hicieron a lo largo del embarazo todo (o casi todo) aparecía normal y, a pesar de mi edad (me quedé embarazada con 38 años), de haber sufrido un aborto unos meses antes y de tener hecha una conización de cuello de útero, mi embarazo tuvo un seguimiento de bajo riesgo.
En los diferentes controles rutinarios que me hicieron a lo largo del embarazo todo (o casi todo) aparecía normal y, a pesar de mi edad (me quedé embarazada con 38 años), de haber sufrido un aborto unos meses antes y de tener hecha una conización de cuello de útero, mi embarazo tuvo un seguimiento de bajo riesgo.
Allá por la semana 27 empecé a notar que se mi
hinchaban los dedos de las manos mientras estaba en la oficina y opté por dejar
de ponerme anillos. Unos días después también empezaron a hincharse mis
tobillos. Al principio no me preocupé mucho porque, al llegar a casa y poner
las piernas en alto, bajaba la hinchazón. Pero según iban pasando los días, la
hinchazón no bajaba al levantar los pies y además tampoco remitía durante la
noche.
Aprovechando una de las clases de educación maternal
en el centro de salud, se lo comenté a la matrona, que me llevó a una consulta
y me tomó la tensión. Vio que la tenía un poco alta y me mandó a casa con
instrucciones de tomarme la tensión regularmente y acudir a urgencias si
rebasaba el límite de 140/90. No tuve que esperar mucho para que esto
sucediera. Dos días después tenía la tensión a 145/95 y la hinchazón de los
pies empezaba desde la mitad de la pierna y terminaba en una bola sobre el
empeine que me dolía y me molestaba al caminar (tuve que comprarme unos zapatos
dos números más grandes de mi talla). Ese jueves 3 de marzo me dirigí a
urgencias del Hospital Materno Infantil de Málaga acompañada de mi marido y de
mi madre. Después de tenerme seis horas en observación con monitores, de
realizarme analíticas de sangre y orina y de suministrarme un Valium, me
enviaron a casa con un tratamiento para la hipertensión gestacional (una
pastilla tres veces al día) y con indicaciones de llevar una dieta baja en sal.
Al cabo de un par de semanas de tratamiento parecía
que la tensión arterial se había estabilizado, incluso había bajado un poco,
pero esta mejoría apenas duró unos días. La hinchazón de los pies nunca
disminuyó y continué con el tratamiento. Justo cuando se cumplía un mes, en la
semana 33 de gestación, volví a encontrarme mal. De nuevo un jueves. Recuerdo que
aquella tarde me costaba mucho caminar y moverme. Fui a recibir una sesión de
Reiki como ya había hecho otras veces, y tardé en hacer el trayecto desde casa
algo más de media hora, cuando normalmente lo hacía en diez minutos. Salí de la
sesión muy relajada y con intención de acudir a mi clase de natación prenatal,
pero seguía encontrándome mal y decidí parar en una farmacia para tomarme la
tensión. Descansé sentada unos minutos antes de la medición. Cuando el
farmacéutico vio el resultado del tensiómetro, me miró a los ojos y me dijo
“Deberías ir a urgencias cuanto antes”. Estaba a 150/10.
Unos minutos después ya me había recogido mi marido en
la puerta de casa y enfilamos de nuevo hacia el hospital materno. De nuevo me
tuvieron en observación con monitores, me realizaron las oportunas analíticas y
me administraron Valium otra vez. Apenas una hora y media después ya tenían el
resultado del análisis de orina. Entonces se me acercó el doctor que estaba de
guardia y me dijo: “Te vas a quedar ingresada. Te ha salido proteína en la
orina, así que el diagnóstico es preeclampsia.
Y en previsión de que te tengamos que adelantar el parto, te vamos a poner la
inyección de maduración de los pulmones”.
¡Toma ya! ¡Vaya tres frases para digerir así de sopetón!
Al recibir esta noticia, en un primer momento no me lo
tomé muy mal. Me daba palo lo de quedarme ingresada, pero no creía que me
tuvieran que provocar el parto, con el buen embarazo que había tenido hasta
ahora… Entonces se me acercó una enfermera y me dijo: “Aquí tenemos un dicho:
entras con la tensión y sales con tu bebé”.
El sábado cumplí la semana 34 de embarazo. Todo ese
fin de semana lo pasé conectada a los monitores. Las pocas veces que me
“soltaban” las correas sentía un gran alivio. Me monitorizaban mucho porque,
debido a la cantidad de medicamentos que me estaban suministrando, había
disminuido mucho el movimiento fetal. ¡Con lo que se movía mi bebé, que hasta
tengo videos grabados de mi barriga dando “saltos”, y ahora apenas lo notaba!
Por más que me tocaba la barriga, le hablaba, le cantaba, lo achuchaba,
caminaba… nada. Me daban zumos con azúcar, me introducían glucosa por vía, y
nada. No se movía. Imaginaos mi angustia, y la preocupación del personal
médico.
El domingo fue un día largo. Muy largo. Desde por la
mañana, el médico que estaba de guardia vino a visitarme en varias ocasiones,
comprobando los resultados de los monitores y de mis tomas de tensión. Estaba
realmente preocupado. En varias ocasiones me dijo “No comas nada por si te bajo
a hacerte la cesárea”. Más tarde regresaba después de reunirse con el equipo y
me decía: “Bueno, come, porque de momento no te vamos a hacer nada.” Unas horas
después volvía a aparecer y me repetía lo mismo: “No comas por ahora porque
seguramente te vamos a hacer la cesárea”. Para volver más tarde a decirme que
no me la iban a hacer. Así tres o cuatros veces. ¡Dios mío, si me vais a hacer
algo, hacédmelo ya!!! Me iba a volver loca, y eso no ayudaba a bajar mi tensión
arterial. Finalmente por la tarde me realizó una ecografía y vio que, a pesar
de todo, el bebé estaba bien, así que optaron por no hacer nada ese día y por
fin pude descansar un poco.
A media mañana del lunes me visitó el jefe de
obstetricia del hospital. Traía los resultados de las últimas analíticas y lo
más destacado, además de que la tensión no había bajado con el tratamiento, fue
que los niveles de proteína en orina se habían multiplicado por cuatro. Me
explicó que la preeclampsia es una enfermedad del embarazo, que le pasa a
algunas mujeres y que no tiene cura. La única cura es parir.
Y entonces pronunció una frase que aún resuena en mi
cabeza y de la que a día de hoy todavía no estoy “curada”, porque, aunque pueda
parecer raro teniendo en cuenta los acontecimientos de aquellos últimos cuatro
días, no estaba preparada para lo que iba a pasar:
“Hoy se termina tu embarazo. Tu hijo nacerá entre hoy
y mañana”.
Pero no quiero extenderme más por ahora así que os
seguiré contando en próximos posts porqué mi parto tuvo que ser por cesárea (se
intentó que fuese vaginal), porque seguí ingresada nueve días más, porqué tardé
dos días en ver a mi bebé después de dar a luz, porqué no conseguí una
lactancia “normal” y tuvo que ser en diferido, etc. Así que, como veis, todavía
hay mucho que contar y lo iré desgranando en futuras publicaciones.
Un abrazo.

